Holaa chicas… me gustaría contar mi última experiencia ya que he vivido varias…
Cuando pienso en esa etapa con él, me doy cuenta de algo que no veía entonces: yo estaba completamente rota. No era simplemente que estuviera triste; estaba hundida, sin ganas de vivir, explicándole con detalle cómo quería desaparecer del mundo. Le decía qué canción pondría, cómo sería, cómo me imaginaba el final. Lloraba sin parar, durante horas, temblando, vacía. Yo necesitaba ayuda, presencia, alguien que entendiera que me estaba apagando por dentro.
Y él… él reaccionaba de otra manera. No se asustaba, no me abrazaba desde un sitio de cuidado real. No. A veces, mientras yo le hablaba de morirme, él se excitaba. Así, tal cual. Me enseñaba su erección, me miraba con esa mirada fija, cargada de sexo, como si todo lo que yo estaba sintiendo fuera una especie de escenario para él. Me decía cosas soeces, inapropiadas, totalmente fuera de lugar. No era sutil. No era accidental. Era como si el dolor lo encendiera.
Y yo, en ese estado tan jodidamente vulnerable, sin claridad, sin fuerza… acababa ofreciéndome a masturbarlo o a tener sexo antes de que se fuera. No porque quisiera. No porque me apeteciera. Sino porque sentía que, si no lo hacía, me abandonaría o se pondría distante, y yo no tenía energía para enfrentar eso.
Yo allí, rota, hablando de morir, y él… él aceptando. De verdad lo aceptaba. Y luego se iba tan tranquilo.
Ahora lo pienso y me deja helada. ¿Cómo no vio la gravedad? ¿Cómo pudo dejar que eso pasara? ¿Cómo pudo aprovechar ese estado mío, esa oscuridad, para colocarse él en ese papel y yo en el que menos podía permitirme estar? Yo estaba tan disociada que fui como su marioneta. Como si mi cuerpo respondiera por inercia mientras mi mente estaba muy lejos, intentando no derrumbarse del todo.
Y aunque ya no esté en mi vida, algo de él sigue pegado a mí. Como una lapa viscosa que se aferra y no se suelta. No lo veo, pero lo siento. Como si su sombra se hubiera quedado atrapada en mi piel, en mis huesos, en la parte de mí que aún tiembla cuando estoy débil.
Un fantasma silencioso que me sigue a todas partes: no aparece como recuerdo bonito ni como aprendizaje, aparece como un peso húmedo, como un olor que no se va, como un eco que insiste cuando yo solo quiero avanzar.
Tuvo las manos metidas tan dentro de mi fragilidad que dejó marcas, huellas que no se borran a la primera. Como si hubiera dejado una capa invisible, pegajosa, que a veces intento arrancar y vuelve a aparecer cuando menos lo espero. No sé si es él o lo que él despertó en mí, pero se siente como si su presencia siguiera, de alguna manera, arrastrándose detrás de mí.
Un fantasma que no habla, pero respira en mi nuca.