Hola, panteras.
Ante todo quiero decir que siento miedo.
Siento miedo del lugar donde vivo y de lo que este lugar se está convirtiendo.
Miedo a caminar, a mirar, a existir.
Soy mujer y pertenezco al colectivo. Y cada día me pregunto si llegará el momento en que me peguen por mostrar mi amor en público. Si un gesto tan simple como coger una mano, dar un beso o mirar con ternura se convertirá en una excusa para el odio.
Me pregunto si la culpa será mía por no encajar en la normativa hetero, por salirme del guion impuesto, por no fingir lo que no soy.
Nos enseñaron que el problema era nuestro, que amar distinto era provocar, que existir era exagerar. Pero no: la violencia nunca es culpa de quien ama, sino de quien odia.
Denuncio el miedo constante, la vigilancia, el silencio obligado. Denuncio un sistema que nos quiere escondidas, calladas y agradecidas por lo poco que nos deja vivir. Denuncio que tengamos que pensar dos veces antes de ser quienes somos.
No queremos valentía forzada, queremos libertad.
No queremos sobrevivir, queremos vivir.
Y no vamos a pedir perdón por amar fuera de una norma que nunca nos tuvo en cuenta.
Aquí estamos. Con miedo, sí, pero también con rabia, con dignidad y con memoria.
Y no nos vamos a esconder.